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La creciente tensión en torno al Estrecho de Ormuz refleja una compleja disputa geopolítica que, según el analista en política internacional Alberto Spectorowski, debe entenderse más como una competencia de poder entre Estados Unidos y China que como un conflicto directo con Irán.
Durante una entrevista, Spectorowski explicó que la situación actual no responde a un “bloqueo” tradicional del estrecho, sino a un intento de control selectivo del tránsito marítimo. En este escenario, Irán ha venido condicionando el paso de buques —permitiendo principalmente aquellos que le resultan convenientes—, lo que equivale, en términos estratégicos, a ejercer control sobre una vía clave para el comercio energético global.
Frente a esto, la respuesta atribuida al presidente Donald Trump apunta a disputar ese control. “No se trata de abrir o cerrar el estrecho, sino de quién decide qué barcos pasan”, resumió el especialista. En ese marco, la estrategia estadounidense buscaría contrarrestar la influencia iraní no de manera directa, sino presionando a su principal socio energético: China.
Para Spectorowski, el verdadero eje de negociación no está en Teherán sino en Pekín. China, principal comprador del petróleo iraní, se convierte así en el actor clave capaz de incidir sobre las decisiones iraníes. “El diálogo real es entre Estados Unidos y China”, sostuvo, describiendo esta dinámica como una forma de presión indirecta o “billar por bandas”.
En ese contexto, no se descarta que Washington utilice su capacidad de control naval como herramienta para condicionar tanto el flujo de petróleo como eventuales transferencias de armamento. Aunque en el terreno de la especulación, se ha planteado la posibilidad de que Estados Unidos intente impedir el envío de sistemas militares desde China hacia Irán, configurando así un “paquete de negociación” en el que se permitiría el comercio energético, pero se limitaría la cooperación militar.
Respecto a la evolución del conflicto, Spectorowski consideró poco probable una escalada militar inmediata. Por el contrario, anticipó una fase de negociaciones prolongadas, con extensiones sucesivas de plazos mientras las partes buscan reposicionarse. “Habrá más tiempo, más conversaciones, más intentos”, señaló, sugiriendo que la estrategia inicial será agotar las vías diplomáticas, especialmente con China.
Sin embargo, advirtió que el fracaso reiterado de estas negociaciones podría derivar en escenarios mucho más graves. Entre ellos, mencionó como hipótesis extrema la posibilidad de ataques dirigidos a la infraestructura crítica iraní, con el objetivo de debilitar al Estado sin necesidad de una invasión directa. Este tipo de acciones tendría consecuencias devastadoras para la población civil, afectando servicios esenciales como el suministro de agua, electricidad y atención sanitaria.
El analista fue enfático al señalar que una estrategia de ese tipo cruzaría límites establecidos por el derecho internacional contemporáneo. Desde la Segunda Guerra Mundial, la destrucción deliberada de infraestructura civil con impacto masivo sobre la población es considerada una posible forma de crimen contra la humanidad.
Asimismo, Spectorowski alertó sobre un factor de incertidumbre clave: la posibilidad de que Irán deje de actuar bajo parámetros estrictamente racionales si percibe que su régimen está en riesgo. En ese escenario, podría optar por una escalada mayor o por formas de conflicto menos convencionales, lo que incrementaría significativamente la inestabilidad regional.
En conclusión, la crisis en el Estrecho de Ormuz se configura, por ahora, como una pugna de voluntades entre grandes potencias, donde la negociación indirecta y la presión estratégica predominan sobre el enfrentamiento abierto. No obstante, el equilibrio es frágil, y su evolución dependerá en gran medida del éxito —o fracaso— de los canales diplomáticos actualmente en curso.