Las Sinagogas de Tarazona - El corazón de la Aljama
Author: Javier Bona
December 27, 2025
Duration: 11:57
Las Sinagogas de Tarazona - El Corazón de la Aljama
NARRADORA (Sol de Almalí):
Shalom, bienvenidos. Soy Sol de Almalí. Hoy no vamos a recorrer las calles de la judería, sino a entrar en el corazón mismo de nuestra aljama. Vamos a cruzar el umbral de los lugares más sagrados y vitales de nuestra comunidad: las sinagogas de Tarazona.
No piensen en ellas como simples templos. Eran mucho más. Eran el centro de nuestra vida cívica, el lugar de estudio, la corte de justicia y, por supuesto, el espacio para la oración. Eran el alma de la judería, y hoy vamos a desenterrar sus secretos, no con picos y palas, sino con la herramienta más poderosa que existe: los documentos que sobrevivieron al tiempo.
Prepárense para un viaje largo, profundo y emotivo. Vamos a leer entre líneas, a imaginar lo que no está escrito y a dar vida a los nombres que llenaron estos espacios sagrados. Este es un análisis exhaustivo, ingenioso y apasionado de las sinagogas que una vez latieron con fuerza en el corazón de Tarazona.
(Pausa dramática. La música se vuelve más íntima y evocadora)
Acto 1: Dos Corazones para una Aljama
Nuestra historia comienza con una certeza documental, una frase que es como una llave que abre una puerta cerrada durante siglos. En una visita pastoral del 11 de febrero de 1410, un escriba anónimo anota, casi de pasada, la existencia de "duas sinagogas ebreorum". Dos sinagogas de los judíos.
Dos. No una. Esta simple palabra lo cambia todo. No éramos una comunidad con un solo centro, sino con dos corazones latiendo. La Sinagoga Mayor y la Sinagoga Menor.
La Sinagoga Mayor era el sol de nuestro universo. Los documentos la llaman así una y otra vez, como si quisieran dejar claro su estatus. En 1370, cuando la Guerra de los Dos Pedros la dejó en ruinas, quemada y destruida, la licencia para su reedificación habla de la "sinoga mayor". Y en 1412, en una asamblea crucial, los hombres más importantes de la aljama se reúnen en ella: rabí Jento Amariello, Salamon Alconstantin, los adelantados, los clavarios... todos los pilares de nuestra comunidad, tomando decisiones que afectarían a cada familia, a cada alma.
Incluso después de nuestra expulsión, en 1499, cuando el eco de nuestras voces ya se había apagado, un documento del cabildo de la catedral sigue refiriéndose a ella como "la sinoga mayor". Su memoria era tan poderosa que ni el silencio pudo borrarla.
Pero, ¿y la Sinagoga Menor? Aquí es donde empieza el misterio, el juego de las deducciones. Los documentos rara vez la nombran. ¿Por qué? ¿Era acaso la "sinagoga de las mujeres", ese espacio separado pero vital dentro del mismo edificio? ¿O quizás era una yeshivá, una escuela talmúdica donde los jóvenes se sumergían en el mar de la Ley? ¿O un bet-midrash, una casa de estudio para todos?
Lo que parece claro es que la vida pública, las grandes asambleas, las decisiones económicas... todo ocurría en la Mayor. Era "la sinagoga de la aljama de Taraçona", el centro neurálgico. La Menor, quizás, tenía un propósito más íntimo, más especializado. Un corazón que latía a un ritmo diferente, más silencioso, pero no menos importante.
Acto 2: El Juego de las Pistas - ¿Dónde Estaban?
Ahora empieza el verdadero trabajo de detective histórico. Tenemos los nombres, pero ¿dónde estaban los edificios? ¿En qué calles resonaban los cantos y las plegarias?
Los documentos son como un mapa del tesoro lleno de acertijos. Nos dicen que la Sinagoga Mayor estaba en la Judería Vieja. Sabemos que a mediados del siglo XV colindaba con las casas de Simuel Caffadías y las del matrimonio de Enmanuel Alichar y Bellita Venosiello, ambos residentes de este barrio antiguo. No hay ni una sola mención de una sinagoga en la Judería Nueva. El corazón espiritual de la aljama permaneció en su lugar de origen.
Pero podemos ser más precisos. Gracias a dos documentos de 1376 y 1388, que registran los censos anuales, podemos reconstruir el vecindario de la sinagoga como si fuéramos cartógrafos del tiempo.
Imaginen una lista de nombres y propiedades. A primera vista, un galimatías. Pero si la leemos con atención, las pistas empiezan a brillar. La sinagoga se levantaba en la "carrera de la sinagoga", una calle pública. Junto a ella, las casas de Ibrahym Cardeniel. Y a partir de ahí, podemos seguir una cadena de vecinos, como si camináramos de puerta en puerta.
Las casas de Ibrahym Cardeniel lindaban con las de rabí Alazar, que a su vez estaban junto a las de Simuel Avenmoder. Estas, con las de Toda Martínez, y así sucesivamente, hasta llegar a la tienda de Levi Hayat, que estaba "a la sombra de la Zuda", junto a la barbacana de la ciudad, lo que hoy conocemos como la calle del Conde.
Si seguimos la lista en la otra dirección, desde la sinagoga hacia el este, encontramos las casas de Açach Arrueti, Gento Acecrey, Gento Alfrangil... hasta llegar a las de Gento Acef, situadas "junto a la puerta del Burgo", en la intersección de las actuales calles de la Judería y de los Aires con la Plaza Nueva.
¿Qué nos dice todo esto? Es un silogismo de piedra y pergamino. La sinagoga estaba en la Judería Vieja, en sus arterias más al norte: la calle de la Judería o la Rúa Alta de Bécquer. Y parece que estaba a una distancia relativamente equidistante entre la peña de la Zuda y la puerta del Burgo.
Por eso, aunque esperamos que la arqueología nos dé la respuesta definitiva, hoy podemos aventurar, con el peso de la lógica documental, que el edificio sinagogal se enclavaría en el tramo central de la calle Judería, o más probablemente, en la Rúa Alta de Bécquer.
Cierren los ojos e imagínenlo. En esa calle, en algún punto, se alzaba el edificio más importante de nuestra comunidad. No busquen una catedral imponente. Busquen un lugar con la modestia y la dignidad de un centro de sabiduría.
Acto 3: Las Dimensiones del Alma
¿Cómo era por dentro? ¿Qué sentía un judío de Tarazona al cruzar su umbral?
Olvidemos las grandes catedrales cristianas. La sinagoga no es la casa de Dios, sino un centro de reunión, estudio y oración. Su belleza no reside en la monumentalidad, sino en la funcionalidad y en la calidez de la comunidad. Las dimensiones son de módulo humano, la ornamentación es simple, casi doméstica.
El culto hebreo es interno, no necesita de grandes procesiones. Solo requiere un minyán, un grupo de diez hombres mayores de 13 años. Con eso, la comunidad existe. Un artesano rico podía incluso tener su propio oratorio privado. La fe no necesitaba de grandes alardes arquitectónicos.
Por eso, las licencias para su reconstrucción eran tan estrictas. La Iglesia no permitía que las sinagogas desafiaran la supremacía de sus templos. En 1370, el obispo Calvillo autorizó la reedificación de nuestra sinagoga, pero con una condición clara: "in situ vel spacio ubi antiqus consuevere esse". En el mismo sitio y espacio donde antiguamente solía estar. Ni un palmo más. No se podía ampliar, no se podía hacer más alta, no se podía hacer más visible.
No conocemos sus medidas exactas, pero tenemos pistas sobre su capacidad. En dos asambleas cruciales, sabemos cuánta gente se reunió en su interior. El 17 de agosto de 1391, a pregón del albedín Jaco de Murcia, se congregaron cuarenta personas. Nombres que son un eco de nuestra historia: rabí Gehuda, Simuel Avemoder, Levi Pamplones, Astruch de León...
Y en septiembre de 1491, a las puertas de la Expulsión, en un momento de angustia y desesperación, se reunieron sesenta y siete hombres. Imaginen la escena. Sesenta y siete almas buscando consuelo y guía en ese espacio sagrado, mientras el mundo que conocían se desmoronaba a su alrededor.
Ese era el verdadero tamaño de nuestra sinagoga. No se medía en metros, sino en la cantidad de esperanzas, miedos, plegarias y debates que podía albergar. Era el refugio, el parlamento y la escuela de toda una comunidad.
Acto 4: El Corazón del Edificio - Estructura y Tesoros
Gracias a esa misma licencia de reedificación de 1370, podemos asomarnos al interior de la sinagoga y conocer sus componentes esenciales. El documento permitía levantar una "coperturam ligneam grossam vel minutam", es decir, una cubierta de madera, ya fuera de vigas gruesas o finas. También autorizaba a abrir "ianuam vel ianuas" y "fenestram vel fenestras", una o varias puertas y ventanas para garantizar el acceso y la luz.
Pero lo más revelador es lo que se permitía instalar en su interior: "theva, thoras et lampadas". La tevá, esa tribuna o púlpito desde donde se leía la Ley. Las Torás, nuestros rollos sagrados, el alma de la sinagoga. Y las lámparas, que no solo iluminaban el espacio, sino que simbolizaban la luz perpetua de la fe.
Tenemos un dato cuantitativo de un valor incalculable. En 1492, en los días oscuros de la Expulsión, se pesó la plata del ajuar litúrgico de la sinagoga. El metal puro alcanzó un total de 53 marcos. El documento especifica que este peso incluía "las mançanas y fullet", es decir, los rimmonim (las granadas ornamentales que coronan los rollos de la Torá) y la kéter Torah (la corona de la Torá). Este peso, comparado con el de otras aljamas, podría corresponder al ajuar completo de dos rollos de la Torá. ¿Significa esto que se estaban pesando juntos los tesoros de la Sinagoga Mayor y la Menor? Es una posibilidad fascinante que nos habla de la riqueza espiritual y material de nuestra comunidad.
Acto 5: Un Complejo Vivo - El Matroneo y el Área de Estudio
La sinagoga no era un solo edificio, sino un complejo multifuncional. Los documentos nos hablan de obras en la "sinagoga de las mujeres". No se trataba de un edificio separado, sino del matroneo, un espacio segregado dentro del complejo principal donde las mujeres seguían el culto. Entre 1439 y 1442, se llevaron a cabo importantes obras de reparación en esta dependencia, realizadas por el converso Gonzalo Manyos y el moro Muça Colata. El coste total de la obra, 2.500 sueldos, de los que se documentan pagos por casi 1.500, nos indica que no fue una simple reparación, sino una intervención de gran envergadura.
Y junto al espacio de oración, el espacio de estudio. La licencia de 1370 autorizaba explícitamente a tener un "studio" en su interior, tal y como había existido antiguamente. Esta función educacional era fundamental. Los censos de 1388 confirman esta idea, situando las casas del rabí Alazar anexas a la sinagoga. La vivienda de este rabino debía ser notable, pues colindaba no solo con el templo, sino también con las propiedades de Simuel Avemoder y Geudá Portiello, conformando un gran complejo cívico-religioso integrado. La importancia de esta función perduró hasta el final. Un documento de 1503, más de una década después de la expulsión, todavía utiliza como referencia que la sinagoga "confronta con las casas que fueron de Gento Falcon, rabino de la aljama".
(Pausa. La música se vuelve más solemne y melancólica)
Acto 6: El Eco de los Muros
Hoy, caminamos por la Rúa Alta de Bécquer o la calle Judería y solo vemos muros de piedra y ladrillo. Pero si escuchan con atención, si se dejan llevar por la imaginación y el peso de la historia, quizás puedan oír el eco de los cantos en hebreo. Quizás puedan sentir la vibración de los debates talmúdicos, el murmullo de los niños aprendiendo el alefato, la voz firme de los adelantados tomando decisiones.
Las sinagogas de Tarazona ya no existen físicamente. Pero su esencia, su espíritu, sigue impregnado en estas calles. Son un corazón invisible que sigue latiendo, esperando a ser escuchado por aquellos que tienen la paciencia y la sensibilidad para buscarlo en los viejos pergaminos y en el silencio elocuente de la judería.
(Música de cierre, emotiva y poderosa, que se va desvaneciendo lentamente)
NARRADORA (Sol de Almalí):
Gracias por acompañarme en este viaje al corazón de nuestra aljama. Soy Sol de Almalí, y les espero en nuestro próximo capítulo de "Judería Medieval de Tarazona: Historia y Memoria Hispano Judía".
Shalom.
CRÉDITOS
Dirección y producción: Javier Bona.
Documentacion sobre las publicaciones de Miguel Ángel Motis Dolader