A036 Roma, Historia Eterna - República XXII (432-434 a.u.c.)
Author: franzogar
January 31, 2021
Duration: 30:22
La República oligárquica
Este año fue memorable por el desastre que aconteció en Caudio . Cabe recordar que los términos de la rendición samnita tratados el año anterior no consiguieron establecer un acuerdo de paz duradero entre ambos Estados. Los samnitas suplicaron, pero sus humillaciones no fueron oídas por Roma, lo que finalizó en un nuevo levantamiento armado del Samnio contra la República romana. Los samnitas tuvieron un comandante, muy hábil estadista, de nombre Herenio Poncio, que supo inculcar en su hijo actitudes militares.
En su desesperación, los samnitas confiaron su salvación, en el hijo de Herenio Poncio, llamado Cayo Poncio. Cayo Poncio, además de un buen soldado, fue el jefe samnita, que ostentó un rango parecido a la magistratura consular romana, pero con menor poder en la estructura social del Samnio, y fue el guía de las tropas contra Roma. El jefe samnita inició la campaña en absoluto secreto y acampó en Caudio . Esta ciudad antigua samnita estuvo situada sobre la futura Vía Appia, a once millas de Benevento , y veintiuna de Capua.
Los samnitas difundieron a propósito por la región que sus tropas sitiaban una ciudad de Apulia, para conocimiento de los romanos. Cayo Poncio tramó disfrazar a una decena de soldados como pastores y los destinó a Calacia , donde situaron los romanos su campamento. Estos supuestos pastores, conduciendo su ganado, tuvieron la misión de repetir los rumores mencionados por los puestos avanzados o tras el encuentro con alguna partida de forrajeo romanos, confirmando que todas las legiones samnitas estaban destacadas en Apulia, enfrascadas en el asedio de la ciudad de Lucera , presta a ser capturada. El ejército romano, asentado en el Samnio y mandado por los dos cónsules, Espurio Postumio Albino Caudino y Tito Veturio Calvino, se adentró en el territorio enemigo y acampó no lejos de la citada Calacia, bien para colocarse a espaldas de los samnitas, ocupando el territorio apulio, o bien dispuesto a asestar un duro golpe en el propio terreno del adversario.
El ejército samnita de Cayo Poncio, cercó y atrapó al ejército romano en un profundo desfiladero de la ruta Arpaia y Montesarchio, que pone en comunicación Capua y Benevento en las célebres Horcas Caudinas , cerca de Caudio , lugar atravesado por praderas y marismas dominadas por alturas escarpadas y cubiertas de bosques. Los samnitas, apostados en las alturas, emboscaron a los romanos, sin que éstos pudiesen verlos. Los romanos, entonces, entraron en el valle sin obstáculo, pero encontraron cerrada la salida con una gran empalizada de rocas apiladas y árboles talados. Descubierta la estratagema, los soldados samnitas se hicieron ver en las alturas, por encima del paso.
Los romanos emprendieron la retirada, volviendo sobre sus pasos, pero se tropezaron con otra barricada y las cohortes samnitas que coronaban todas las montañas. Atrapados los romanos y con un ejército que no pudo desplegarse para maniobrar, todo estuvo perdido antes de pelear. Por otra parte, los samnitas no supieron qué hacer con los doblegados enemigos, todos a su merced. Acordaron enviar un mensaje a Herenio Poncio para que los asesorara en la toma de alguna decisión.
El anciano samnita aconsejó primeramente que dejaran salir a los romanos de la trampa, pero, como la recomendación fue rechazada, recibió una nueva sugerencia en la que indicó dar muerte a todos. Toda una deshonrosa capitulación del ejército consular de Espurio Postumio Albino Caudino y Tito Veturio Calvino ante el jefe samnita Cayo Poncio. También se determinó que el ejército, desarmado, pasaría bajo el yugo. Así desfilaron los romanos bajo el yugo, rodeados por sus enemigos, bien armados, que los insultaron y se burlaron de ellos.
Los samnitas, luego, les permitieron su retirada al concluir el tratado de las Horcas Caudinas. Cuando regresaron a Roma, llegaron tarde por la noche cubiertos de un aspecto miserable y una apariencia y una expresión propias más de prisioneros que de hombres libres. Cabe como reflexión añadir que, hacer prisionero al ejército con sus dos jefes, que en aquel momento reunía todas las fuerzas activas de la República, hubiera desarticulado a Roma. Después de esto, a los samnitas les hubieran quedado abiertos el Lacio y la Campania y les hubieran tendido los brazos los volscos, los hérnicos y la mayor parte de los latinos, y Roma se hubiera visto amenazada hasta en su propia existencia.
Sin embargo, en lugar de imponer a los romanos una capitulación militar, Cayo Poncio creyó que pondría fin a las hostilidades concediendo una paz muy ventajosa para el enemigo. Si bien porque experimentó por la paz el ardiente deseo al que los confederados habían sacrificado el año anterior a Brútulo Papio, o porque no se sintió bastante fuerte como para luchar contra la facción, que no deseaba el fin de la guerra, Cayo Poncio esterilizó en sus manos la más grandiosa de las victorias. Por cualquier razón desconocida, las condiciones que concedió a los romanos fueron muy moderadas. En conclusión los errores de los samnitas fueron liberar al ejército enemigo y humillarlo con la vergüenza de un acto deshonroso.
Antes de ceñirse a las consecuencias de la derrota de Caudio, cabe mencionar que el dictador Cayo Menio, que nombró jefe de la caballería, magister equitum, a Marco Folio Flacinátor y, de acuerdo con su colega, llevó a cabo la investigación de tramas y conspiraciones de nobles romanos de buenas familias, acusados de sostener tratos con los notables de Capua. Volviendo al hilo histórico, procede decir que definitivamente la elección de los cónsules se dio por acertada, pues no gozaba Roma en estos momentos de generales más capaces. Asumido el cargo, el cónsul, Quinto Publilio Filón, que ejercía el mando , presentó el asunto de la capitulación de Caudio en la Curia senatorial. Llamado a declarar el ex cónsul, Espurio Postumio Albino Caudino, arguyó que, a los responsables del desastre de Caudio, se los entregasen a los samnitas, como deudores y muy capaces de pagar la deuda con sus personas y vidas, desnudos y atados y conducidos por los feciales, para liberar al pueblo romano de sus obligaciones religiosas y, así, reanudar una guerra, amparada por el derecho de gentes y sancionada por los dioses.
Argumentaron que los ex cónsules, que salvaron al ejército, no merecían ningún castigo, e instaron que, como ellos mismos, los tribunos, los ex cónsules eran sacrosantos y sus personas inviolables y no podían ser entregados al enemigo ni expuestos a la violencia. Sin embargo, Espurio Postumio Albino Caudino expuso nuevamente su culpabilidad y reconoció que, lo ocurrido en Caudio, no fue sensato y que sólo las muertes de los causantes del desastre podrían liberar las armas de Roma para actuar decididamente. También aconsejó que los nuevos cónsules alistasen y equipasen un ejército que llevara la guerra a los samnitas del mismo modo honorable como se hizo siempre. Los tribunos de la plebe, impresionados por la entereza del ex cónsul, se pusieron a disposición del Senado, renunciando a sus cargos y entregándose a los feciales para ser llevados con el resto a Caudio.
La tradición cuenta que el Senado romano anuló aquel tratado y entregó a los ex cónsules a los samnitas. Se contentó con entregar a los samnitas a todos aquellos que habían aceptado el tratado, como personalmente responsables. Este ejército marchó hacia Caudio. Los feciales se adelantaron y, al llegar a las puertas de la ciudad de Caudio, ordenaron que se quitaran las prendas a quienes habían capitulado y que se atasen sus brazos a la espalda.
Un fecial habló a Cayo Poncio, el jefe samnita, exponiéndole que aquellos hombres, sin tener órdenes expresas para ello del pueblo romano de los quirites, dieron su promesa y juramento de que se firmaría un tratado y por ello han sido declarados culpables de incurrir en falta, y, por lo tanto, le hacía entrega de los mismos, a fin de que el pueblo romano pudiera ser absuelto de la culpa de un acto impío y detestable. Finalmente ordenó quitar las ataduras a los romanos y les facilitó abandonar el territorio del Samnio. Los samnitas, quienes mostraron ser más generosos que los propios romanos, dieron la libertad a los vencidos. Ciertos oficiales romanos, que estaban como rehenes, fueron entregados por los samnitas, demasiado generosos para vengarse en estos desgraciados.
Con ello quisieron demostrar a los romanos que el tratado no obligaba solo a aquellos que lo habían hecho sino a toda la República. El convenio de las Horcas caudinas no trajo la calma y el reposo con los que habían soñado locamente los amigos de la paz entre los samnitas. Los samnitas vieron claramente que se habían quedado entre dos aguas al no saber qué decisión tomar de las dos expuestas por el anciano Herencio Poncio, al ser solicitado su sabio consejo, y que habían cambiado la posesión de una victoria segura por una insegura y dudosa paz, y que tendrían que luchar contra aquellos, de los que se podrían haber librado para siempre como enemigos, o de los que se podían haber asegurado su amistad. Sin embargo, los romanos consideraron ya la posibilidad de una guerra como una victoria cierta, mientras que los samnitas contemplaron la renovación de las hostilidades por los romanos como el equivalente a su propia derrota.
Los samnitas volvieron a empuñar las armas y marcharon de nuevo al combate. Tomaron por la noche Fregellas , ayudados por los satricanos, que se unieron a los samnitas. Reunió todos los recursos de los que podía disponer y puso a la cabeza de su ejército renovado al militar más experimentado, a su mejor general, al cónsul, Lucio Papirio Cursor. La otra mitad de Quinto Publilio Filón marchó por el Samnio, rechazando a los samnitas en muchos combates favorables.
Las dos divisiones del ejército romano se reunieron delante de los muros de Lucera , cuyo sitio emprendieron con ardor, porque allí estaban encerrados los rehenes de Caudio cautivos. Cabe añadir que los tarentinos se ofrecieron como mediadores entre romanos y samnitas y amenazaron con la guerra al bando que no detuviera las hostilidades, amenaza que no se materializó. Capturaron el campamento samnita, matando por igual a los que lucharon y a los que huyeron, armados y desarmados, esclavos y hombres libres, jóvenes y viejos, hombres y bestias. La carnicería detestable determinó al cónsul Lucio Papirio Cursor, mediante órdenes y amenazas, detener en su venganza a los legionarios sedientos de sangre.
Les recordó que esa masacre sólo podía conseguir que los rehenes romanos de Lucera la pagaran con sus vidas. Los legionarios entraron en razón y admitieron obedecer al cónsul para no poner en peligro la vida de tantos jóvenes pertenecientes a las más nobles familias romanas. El cónsul, Quinto Publilio Filón, fue el encargado de realizar la segunda opción consiguiendo reducir un número considerable de ciudades apulias, algunas de las cuales se admitieron como aliadas. El recién elegido cónsul, por tercera vez, Lucio Papirio Cursor, continuó con el sitio de Lucera , manteniendo bloqueadas las rutas por las que podían suministrarse los sitiados samnitas.
La asfixiante situación samnita conllevó a aceptar estos términos. De Lucera se obtuvo una enorme cantidad de botín, y se recuperaron todas las armas y los estandartes que habían sido capturados en Caudio y, lo que produjo más alegría de todo, salvaron a los caballeros, los rehenes que los samnitas habían recluido allí para mayor seguridad. La venganza de Caudio estaba cumplida. El otro cónsul Quinto Aulio Cerretano terminó la campaña contra los ferentinos en una sola batalla, que huyeron a su ciudad y, tras entregar rehenes, ofrecieron su rendición.
El cónsul, Lucio Papirio Cursor, campañeó contra los satricanos, que se habían unido a los samnitas después del desastre de Caudio. Cuando el ejército romano avistó sus murallas, solicitaron la paz. El cónsul exigió que entregaran la guarnición samnita antes de concertar algún otro acuerdo. La guarnición samnita, consciente de los inútiles esfuerzos que conllevaba permanecer bajo el asedio romano, resolvió salir de Sátrico por la noche.
La facción prosamnita perfiló hacer saber al cónsul romano a qué hora y por qué puerta partiría, pero la otra facción, que siempre estuvo opuesta a la intrusión samnita, abrió esa misma noche las puertas. Los romanos mataron a sus enemigos samnitas y capturaron la ciudad. Después de una investigación para hallar los responsables satricanos de la rebelión contra Roma, los descubiertos culpables fueron azotados y decapitados. Tras la captura de Sátrico, el cónsul, Lucio Papirio Cursor, regresó a Roma para celebrar su triunfo, concedido por el Senado.